Las democracias no están hechas para reyes. Ni para emperadores. Ni para líderes que quieran gobernar como si el país fuera su escenario privado.
Un presidente que decide gobernar por decreto de manera habitual está más cerca de un monarca o un tirano que de un líder democrático. La perspectiva que plantea el candidato presidencial José Antonio Kast, afirmando que “el Congreso no es tan relevante como se imaginan” y que “no se necesitan más leyes para aplicar la ley”, no son simplemente una opinión sobre cómo hacer más eficiente al Estado. Son una invitación a concentrar poder, a reducir los contrapesos de los poderes del Estado y a transformar la política en un espectáculo de un solo actor.
Y para espectáculos, mejor que sea de drag kings, no de autócratas. En la cultura drag, la exageración, el personaje y el montaje son parte del arte. Pero en democracia, gobernar con el maquillaje y las prótesis del hombre fuerte que no necesita al Congreso no es arte: es autoritarismo.
Las monarquías absolutas de la historia y las dictaduras contemporáneas tienen algo en común: el poder no se discute, se acata. Los decretos son la herramienta favorita de quienes creen que la deliberación es una pérdida de tiempo. El problema es que, cuando se abusa de ellos, el Ejecutivo se convierte en juez, legislador y gobernante al mismo tiempo. Una peligrosa concentración del poder. No es teoría. Argentina, bajo Javier Milei, utilizó sin freno los Decretos de Necesidad y Urgencia, instaurando partes de una reforma constitucional vía decreto. Parte de esas decisiones fueron anuladas por la justicia —como es esperable en estados de derecho—, pero otros decretos, pese a haber sido rechazados por el Senado, permanecieron vigentes por inacción legislativa. Eso, ciertamente, no es democracia, sino tecnocracia autoritaria.
En Estados Unidos, desde su regreso al poder, Donald Trump ha redoblado el uso de órdenes ejecutivas y decretos, pasando por encima del Congreso y del sistema judicial. Su segunda presidencia se ha caracterizado por un bombardeo de decretos que desafían la legislación vigente y desmantelan el debate legislativo. En sus primeros 100 días como presidente, firmó 143 órdenes ejecutivas (un promedio de más de una por día), generando revuelo con un libreto diseñado para manipular la atención y sembrar confusión.
En ambos casos, el guion es el mismo: presentarse como el héroe que corta la burocracia, cuando en realidad se está desmontando el equilibrio de poderes y debilitando las instituciones.
Recordemos que, en democracia, el Congreso es la pasarela donde desfilan todas las voces, de todos los colores: regiones, minorías, distintas visiones políticas. Sí, a veces es lento, pero ese “ritmo” es la garantía de que las decisiones no dependen solo del capricho de uno, y se negocie, se corrija y se fiscalice. En contextos de emergencia, donde cada minuto cuenta, un decreto puede responder de inmediato. Pero gobernar siempre por decreto implica prescindir del debate público y de la construcción de acuerdos duraderos.
Quienes realmente valoramos la democracia tenemos la responsabilidad de exigir participación, deliberación, transparencia. Gobernar por decreto no es fortaleza, sino vacío institucional. Exijamos que nuestros líderes piensen en leyes, no solo en mandatos unilaterales. Que construyan puentes y consensos, no atajos que debilitan nuestra convivencia.
Este año no solo elegimos presidente. También elegiremos quiénes ocuparán los escaños del Congreso. Y ahí está buena parte del destino democrático del país. Si dejamos vacíos en esa representación, no podremos decir que los políticos no escuchan a la ciudadanía, sino que no elegimos a quienes podían escucharnos.
Así que amiga, vota informada. No te quedes solo con en el nombre del/la presidenciable. Observa también el Congreso, el catwalk de los que debatirán, representarán intereses y redactarán leyes que protejan o limiten nuestros derechos. No da lo mismo quién esté ocupando esas sillas. Exijamos rendición de cuentas, participación ciudadana y respeto al equilibrio de poderes.
La democracia necesita menos “reyes” y más voces. Necesita leyes construidas en conjunto, no mandatos bajados desde un trono imaginario. Cuidemos al Congreso. Y no dejemos que nadie —por más talento artístico que tenga— convierta el Estado en su escenario personal. Así que ya sabes, cómo diría mi tía Rupaula: now, sissy that vote!
Columnista Invitada:
Daniela Tejada, Administradora Pública. Magister en Ciencia Política
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