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Soy Lela

Vicio

Vicio

Aspiré hondo el humo de mi cigarrillo y cerré los ojos apoyando mi cabeza en la pared de la antigua construcción. Era un bar antiguo, como la mayoría de los del barrio, y por ello eran espaciosos y alejados del bullicio del centro. La gente había llenado las mesitas de afuera debido al calor, seguramente dentro del local estaría vacío.

Habían pasado meses desde que no la veía, creo que cerca de un año; nuestra relación era así, extraña. A veces anhelábamos la compañía de la otra y en ocasiones simplemente no nos soportábamos. Pero por uno u otro motivo, siempre volvíamos a vernos; ya había perdido la cuenta de cuántas veces nos despedimos jurando que sería para siempre…

Mi cigarro estaba cerca de consumirse, abrí los ojos y la vi acercándose. Su pelo suelto se ondeaba producto de la brisa veraniega y su delgado cuerpo estaba cubierto por una polera ligera y unos jeans. Me pareció más hermosa de como la recordaba.

―Hola, ¿me esperaste mucho?

―Meses… ―respondí.

Reímos y nos abrazamos. Olía al mismo perfume que llevaba la última vez, entre dulce y frutal.

―¿Entramos?

Asentí, me acomodé el bolso e ingresamos al bar.

Luego de que la mesera nos dejara la carta e hiciéramos nuestro pedido, vino un silencio incómodo; había muchas cosas que quería decirle, no obstante, no me atrevía a iniciar la conversación; después de todo, quien se había alejado esta vez había sido yo y tenía la sensación de que ella aún estaba molesta.

―¿Y? ¿Qué cuentas, Debi? ―pregunté por fin.

―¿Que qué cuento? Mi vida es siempre igual, trabajo, estudios… nada nuevo. Creo que tú has tenido más aventuras en estos meses que yo en años. Dime, ¿qué te pasó esta vez para que te borraras del mapa?

No podía dejar de mirarla, sus labios rojos me tenían embobada, la polera ajustada realzaba su cintura y sus ojos café claros bordeaban el color amarillo; me encantaban. Su mirada felina se clavó en mí.

―Sabes que no quise hacerte a un lado, solo me topé con la persona equivocada en un muy mal momento.

―Parece que estuvieras en un eterno mal momento.

―Qué graciosa…

―¿Qué hay de la persona equivocada?

―Una lunática manipuladora. Me alejó de casi todas mis amigas, cerró mis cuentas y me obligó a cambiar de celular… Por suerte guardé tu número.

―Pudiste buscarme en internet… no es necesario tener una cuenta para eso. ¿Por qué decidiste volver a hablarme?

―Te eché de menos…

―¿Eso o la lunática manipuladora se aburrió de ti?

Debora era muy hiriente cuando quería, pero estaba en lo cierto. Pude haberle hablado antes y no lo hice.

―Fue acuerdo común, ambas nos aburrimos… ¿me lo vas a refregar en la cara toda la tarde?

―¿Toda la tarde? Tengo un par de horas para ti, nada más.

La mesera llegó con nuestros tragos, un vodka y un mojito. El último era para mí.

―Si sigues hablándome así serán minutos… ―respondí, algo molesta.

―Lo siento, Michel, es solo que… fuiste una perra conmigo, no puedes negarlo. Yo siempre he estado para ti cuando tienes problemas. Tú, en cambio, dejaste de hablarme de un día para otro, después desapareciste. Yo también te necesité. Y no estuviste ahí.

―Debi… sabes que te quiero, si me alejé fue por tu bien. Estuve pésimo, había dejado de ir a terapia y mi ex aprovechó para manipularme a su antojo. Quise matarme incluso.

―No es un cuento nuevo…

―Cuando me decidí a dejarla me puse a salir mucho, conocí muchas mujeres, pero ninguna me hizo aterrizar.

―¿Por eso volviste a hablarme? ¿Para que te dijera lo estúpida e influenciable que eres? Porque necesitas que alguien te lo diga, ¿verdad?

―No has cambiado ―reí―, y sí, de momento nadie se atreve a tratarme así. No lo permito. ―Giré mi silla hacia ella y moví la suya hacia mí, quedamos de frente.

―No vine a consolarte ni nada, así que mantén tu distancia.

―Vamos, sé que me extrañaste, o no habrías venido. ―Puse una de mis manos en su pierna derecha y la deslicé hacia su muslo.

―Claro que te extrañé, somos amigas. ―Retiró mi mano de su pierna.

―¿Amigas? Pensé que me habías subido de categoría después de lo que pasó la última vez.

―¿Qué pasó? No lo recuerdo. ―Bebió medio vaso de su vodka y me miró seria―. Nunca ha pasado nada entre nosotras.

―Qué no ha pasado, querrás decir. ―Tomé su vaso y lo dejé sobre la mesa, puse una mano en su cintura y me acerqué para hablarle al oído―. Te extraño, Debi, nunca más voy a dejar que alguien me separe de ti, lo prometo.

―Ya rompiste esa promesa una vez.

―Ahora es enserio. ―Besé su cuello, su mentón, la comisura de sus labios…

―Basta, Michel, no quiero estar contigo, no así. Te ofrecí mi amistad, nada más… no quiero volver a confundirme contigo.

―¿A qué te refieres?

―Después de la última vez que nos vimos, pensé que estaba enamorada de ti.

―¿Solo lo pensaste?

―Sí. No podría llegar a sentir cosas como esa por una persona tan voluble como tú.

―Te da miedo admitir que quieres estar conmigo. ―Bebí mi mojito hasta vaciar el vaso―. ¿Por qué no lo asumes de una vez?

―Porque no es lo que quiero, ¡no insistas!

La besé, ella me apartó y me golpeó… volví a besarla y esta vez solo se quedó quieta.

―Perdón por haberme ido, no volverá a pasar ―susurré.

―Siempre vas a irte, no tengo derecho a retenerte conmigo, solo no desaparezcas así… también te extrañé.

Nos besamos largo rato, el bar estaba casi vacío y la esquina en la que estábamos se encontraba oculta de la vista de las meseras. Mis manos recorrieron su espalda y sus pechos sobre la tela, para luego subir a su cuello y su mandíbula. Sus labios suaves y tibios aprisionaban los míos que respondían a ellos entre pequeños mordiscos y succiones.

―Deberíamos irnos, ven conmigo a mi casa, Debi… de verdad te extraño.

―No…

―Vamos, por favor… ―Me atreví a meter una de mis manos bajo su ropa, desabroché su sostén y acaricié sus pechos sin importar que nos vieran. Debi me apretaba contra ella, mordió mi cuello hasta dejar una marca.

―Eso es para que me recuerdes esta noche, o para que lo vea la chica que te lleves a casa cuando salgamos de aquí.

―Quiero que tú seas esa chica…

Sonó su teléfono, se apartó de mí y arregló su ropa. Desde la entrada una de las meseras nos lanzó una fugaz mirada, como reprobando nuestra conducta. Debora contestó el celular:

“Hola, Carlos, sí, estoy con mi amiga aún, pero ya me voy… sí, cariño, también te amo, nos vemos en unos minutos”.

―Te dije que no tenía toda la tarde ―me dijo después de colgar.

La mesera se acercó ante un gesto de Debi y esta pagó la cuenta. Me humillaba una vez más.

―Nunca vas a dejarlo, ¿verdad?

―No… así como tampoco tú vas a dejar de ser una mujeriega. Nos vemos, Michel.

Se levantó y me besó en la mejilla, pero me moví para que sus labios se toparan con los míos.

―No me importa que estés con él, tampoco ser una mujeriega mientras una de esas mujeres seas tú.

―Eres una estúpida.

―Pero me quieres.

Se volteó y atravesó la puerta que antes había cruzado conmigo.

No sabía cuándo volvería a verla, la deseaba y estaba segura de que ella también a mí, así que probablemente sería pronto.

Dejaría de ser una mujeriega si ella me correspondiera, lamentablemente, Debi era una chica de clóset; nunca iba a aceptar que me amaba, y así seguiríamos en un círculo vicioso infinito.

No era yo la que estaba en un eterno mal momento, era solo que la persona correcta no quería formar parte de mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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