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Siempre hay una primera vez… Dani

Soy Lela

Siempre hay una primera vez… Dani

Siempre hay una primera vez… Dani

Estaba total y completamente encandilada por esa aparición: ojos cafés, almendrados; cabello color miel, largo y liso; tez blanca; alta y delgada, pero no demasiado… Dios…

Me quedé mirándola todo lo que duró el rojo del semáforo, yo estaba en el auto de mi padre y ella afuera, estacionada cerca de un parquímetro. Usaba ropa negra y ajustada, su moto era roja. Mi padre clavó su mirada azul en mí por el espejo retrovisor.

―Dani, ¿qué le miras tanto a esa joven?

Me ruboricé, una sensación extraña me invadió y no supe qué responder. Mi padre me miraba a intervalos y echó a andar el auto cuando dio luz verde.

―Que era una moto muy linda…

―No me pareció que estuvieras mirando la moto. Dime, ¿te gustaría ser así de atractiva cuando seas más grande? Es eso, ¿verdad? Mi pequeña vanidosa.

Papá sonrió y siguió manejando. Yo tenía once años en ese entonces y creo que fue la primera vez que observé a una mujer tan detenidamente, con tanto cuidado… y sentí placer al hacerlo. La sensación era similar a la de cuando me gustaba un compañero de colegio.

Llegué a mi casa y lo escribí en mi diario. Sí, era de esas niñas que escriben diarios y los guardan celosamente, allí escribía todo lo que no podía contarle a nadie.

Han pasado ocho años desde entonces. Salí hace poco de cuarto medio y el regalo que mis padres me hicieron al egresar para incentivarme a entrar a la universidad, fue una motocicleta, roja y radiante, como la que aquella vez había visto al lado de esa hermosa mujer.

No me costó trabajo aprender a manejar, sentía la moto como una extensión de mi cuerpo y me fascinaba sentir el aire en mi rostro. El único problema, era mi pelo, negro y largo que llevaba siempre en una trenza, pues a pesar de cualquier esfuerzo por mantenerlo ordenado, terminaba siempre en un enredo terrible; así que opté por cortarlo, bien corto. Siempre me habían dicho que me parecía a mi padre porque había heredado sus ojos, y que con el cabello corto me parecía aún más. Me agradaba oír eso, pues siempre consideré que mi padre era uno de los hombres más guapos que conocía.

Como no quedé en la universidad luego de salir del liceo, empecé a hacer un preuniversitario. Una de mis mejores amigas lo tomó conmigo e íbamos juntas en las mañanas, por las tardes teníamos un empleo de medio tiempo y, al salir, generalmente terminábamos yendo a algún antro clandestino que abría sus puertas desde muy temprano a los jóvenes bebedores y ofrecía una pista de baile para comenzar a entretenerse desde las siete de la tarde, antes incluso. Junto a Sofía nos encantaba ir allí, aunque era un antro de mala muerte al que entraban menores de edad con credenciales falsificadas y vendían alcohol a bajo precio. Habíamos empezado a ir estando en tercer año medio, a escondidas de nuestros padres, en nuestras supuestas tardes de estudio. Lo que me gustaba de aquel antro, era que muchas veces las cosas se salían de control; las jovencitas, en busca de llamar la atención de sus galanes, bailaban de forma provocativa y se acariciaban entre ellas… yo también lo había hecho en alguna ocasión, para conseguirle un compañero de baile a Sofía, pero después me sentaba en la barra a mirar, o me acercaba a grupos de chicas y bailaba con ellas. Como algunas estaban algo pasadas de copas, me permitían acercarme más de la cuenta, besarles el cuello y terminar en sus labios. Luego me lo agradecían, pues el espectáculo atraía a muchos y no tardaban en pedirnos bailar.

Creo haber perdido la cuenta de a cuántas chicas besé y acaricié en ese lugar, creo que algunas ya me conocían y ellas mismas me sacaban a bailar; sabían que yo no solo fingía aquellos besos, como lo hacían sus amigas, yo las besaba en serio, de lengua y posaba mis manos en sus pechos. Era un juego para ellas, jovencitas traviesas de unos quince años. Hermosas ninfas bajo las luces de colores.

Una tarde, luego del trabajo, Sofía y yo quedamos de vernos en la barra. Llegué primero y pedí una cerveza de litro. Comencé a beber a eso de las siete, mi amiga tenía que llegar pronto, sin embargo, me envió un texto diciendo que llegaría más tarde. Eran casi las ocho cuando pedí una segunda botella. Un nuevo texto llegó; Sofía no podría ir, y ahí estaba yo, con un litro de cerveza en el cuerpo, otra recién comprada y ganas de bailar. El problema era que no iba a poder beber el segundo litro yo sola y no me animaba a ir a la pista sin mi compañera de aventuras, así que decidí retirarme. Pagué mi consumo y me bajé del taburete, comencé a caminar por entre las mesas, llenas como siempre, e intenté abrirme camino hacia la salida. Iba evadiendo a quienes pasaban por mi lado, salir siempre era dificultoso a esa hora, cuando de pronto vi a una joven de unos dieciocho años entrar sola. Llamó mi atención que no viniera vestida como la mayoría, en general las jóvenes llegaban bien maquilladas, con ropa sexy y en grupos; no obstante, ella venía sola, vistiendo casual. Casi no observé maquillaje en su rostro, creo que ni siquiera pude verlo bien tras el cabello negro que lo cubría. Andaba con unos jeans oscuros y un chaleco gris sin abotonar. Debajo traía una polera negra. Caminó hacia la barra en busca de un lugar vacío, como no había ninguno, se quedó de pie al final de esta, cerca del pasillo de los baños. Un tipo me preguntó si podía salir del camino y caí en cuenta de que estaba obstaculizando el angosto paso entre dos mesas. Me hice un lado y, en lugar de dirigirme a la salida, caminé hacia los baños y pasé por en frente de la muchacha; sostenía una botella de cerveza y un vaso. No miraba a nadie, parecía no importarle nada… era como si hubiera escogido el peor lugar del mundo para refugiarse de lo que fuera que la atormentaba. La música estridente y las luces me marearon, así que fui a mojarme la cara. Cuando salí la busqué con la mirada, ya no estaba. Me dirigí al pasillo que conducía al segundo ambiente del local: la pista de baile, un lugar oscuro, ruidoso, con luces encendiéndose y apagándose en un intervalo irregular, la música incitaba a los presentes a bailar muy de cerca y el ritmo candente los llevaba pronto a frotar sus cuerpos… ahora que lo pienso, nunca había entrado tan sobria y ver cómo se comportaban las personas me pareció algo grotesco. Estaba lleno y caluroso, olía a una mezcla de cigarro, sudor y cerveza. Era muy difícil avanzar entre tanta gente. Al final me quedé cerca de unas mesas desocupadas, arrimadas a la pared para hacer más espacio en la pista, en la que unos universitarios habían apilado un montón de mochilas y botellas. Estuve unos quince minutos ahí sin encontrarla, iba a irme cuando sentí que alguien me tomaba del brazo; era una de las liceanas con las que había bailado en alguna ocasión. Me preguntó si quería bailar y accedí, después de todo, ya estaba ahí. Me llevó casi a rastras al centro de la pista, justa debajo de la esfera de colores. El aire estaba caliente y por primera vez me sentí sofocada, la chica se me colgaba del cuello y ponía una de sus piernas entre las mías, tuve que sostenerla varias veces para que no se cayera.

―Oye, mejor te vas a sentar un rato, estás muy mareada.

―No, no estoy taaaaan mareada… Ven, bailemos… quiero que el rubio de, de allá me saque a bailar.

Miró a un tipo evidentemente mayor que ella, le guiñó un ojo y me besó el cuello, luego buscó mi rostro, mi boca. Pero yo no estaba de ánimos.

La aparté, la tomé de la mano y caminé con ella abriéndome paso hasta llegar a donde estaba el sujeto.

―¡Oye! Mi amiga quiere bailar contigo. ¿Qué dices?

El tipo sonrió, se acercó a la joven y se la llevó con él a bailar a una esquina. Listo, ya había tenido suficiente, estar sobria ahí era muy extraño, nunca lo había notado. Me di vuelta, avancé un poco, cuando vi a la joven que había entrado hacía un rato. Se había quitado el chaleco y lo tenía amarrado en las caderas, se había recogido el pelo en un alto moño y la polera negra con tirantes dejaba bastante a la vista, sobre todo en el escote. Bebía cerveza directo de la botella y el joven con el que bailaba intentaba tocarla y besarla, ella lo alejaba, pero luego solo seguía bailando con él, resignada. Definitivamente, no estaba ahí para pasarlo bien… ella no estaba bien. Me acerqué.

―Disculpa, ¿me darías un poco? ―le dije cerca del oído para que me escuchara y apunté la botella.

―Claro…

Su compañero de baile me increpó:

―¡Anda a buscarte una mina a otro lado, lesbiana de mierda!

 

(CONTINUARÁ…)

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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