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Odisea 2012: Noches de Fausto Y Katiuska Molotov

Soy Lela

Odisea 2012: Noches de Fausto Y Katiuska Molotov

Odisea 2012: Noches de Fausto Y Katiuska Molotov

Corría el 2012. Santiago se vestía de nuevas batallas, yo estaba en la calle entre gases lacrimógenos y guanacos, en las salas negras de teatro enfrentándome a mí y en las pistas de baile de todas las discos gays de Santiago. Era nuestro despertar, el de 5 cabros chicos de 21 años que descubren todo a la vez: su pasión artística, su sexualidad, su aparente inmortalidad, el mundo del arcoíris, las borracheras interminables, los primeros pitos hechos como dulces en hojas de biblia y tantas cosas más…

Éramos provincianos. Santiago de noche era como una dulce dosis de adrenalina en las venas, éramos nuestro secreto por lo que cada noche estaba llena de locura y misterio, un aire prohibido pues ni siquiera nos atrevíamos a aceptar que éramos colas porque éste país era otro y nosotros estábamos llenos de excitación y miedo.

Los Drag Queen en esos tiempos eran llamados travestis y cargaban el estigma de degenerados , marginales y drogadictos, eran el último escalón incluso en la comunidad LGTBI.

Nuestros papás se morían si se llegaban a enterar en los lugares en los que andábamos metidos, con tanta luz neón, con tanta hormona vuelta loca, con tanto fuego y sudor, baile y vómito púber después de dar el hígado entero y el cuello todo y las piernas hasta que cerraban las discos y nos íbamos a pata fumando cigarros mentolados, subíamos el puente del Arzobispo y dormíamos todos en la misma cama para levantarnos 2 horas después y fermentar juntos en una clase interminable de danza y movimiento.

En esos años fuimos clientes frecuentes de Fausto Discotheque, los más pendejos en ese lugar icónico de la homosexualidad capitalina, nuestro amigo F. que era el más entendido y el que se había iniciado antes en todo este universo nos contaba que Fausto era el único lugar que seguía funcionando en Dictadura y que era un escondite perfecto dónde la música y libertad no paraban.

Yo me sentía tan under en todo ese ambiente, todo era intenso y secreto. Bailábamos entremedio de ese humo olor chicle de fruta y entre cuerpos nos consumíamos, entre espejos, escaleras, recovecos. Nos conocíamos el lugar entero y no sólo eso, sino que también, habíamos empezado a entablar amistades con las reinas del lugar: Kassandra Romanini, La Tais Evans, La Botota en sus inicios y por supuesto, la más deslenguada de todas: KATIUSKA  MOLOTOV.

La Katiuska era impresionante, era una gorda enorme que se daba volteretas en el aire, artista de circo, un tony marica. La Vikinga siempre tenía la talla a flor de piel, con sus shows quedábamos atónitos. Eran otros tiempos, con burlas que hoy no aceptaríamos pero que eran el Jappening de esa época sepia en la que todo comenzó a tomar color. Los miércoles eran nuestro clásico, el espectáculo comenzaba a las 2 am, los bailarines hacían un popurrí de canciones y aparecía ella, La Faloon, como se autodenominaba, y hueviaba a todo público que se prestaba para esto y ante todas sus escapadas todos gritábamos como enfermos: EEEEEELLAAAAAAA!

Después de su hilarante presentación estilo Stand Up, subía al escenario a la Wachiturra y a la Catalinda, dos transformistas rescatadas de un circo pobre, así eran presentadas, una sólo aullaba como un perro y a la otra le faltaban las cazuelas y los dientes, sus vestuarios eran de bajo presupuesto y también su maquillaje , bailaban con los que se subían al escenario, todo lleno de bromas sexuales, performances caóticas y mucho alcohol. Era tanto el desparpajo y lo bizarro, todo muy grotesco, barroco, parte de ese espacio secreto dónde todos se despojábamos de lo que eramos y no existían limites, cuando la luz aún no entraba a nuestros closet.

Pasaron los años…

Cada quién siguió con su vida.

Hasta que un 26 de marzo del 2018 una noticia golpea a todos los que fuimos parte de aquel cuento de antro y espectáculo esperpéntico.

La Katiuska moría en medio de una pista, como una grande, víctima de un paro cardíaco. Su cuerpo se desplomó y murió allí, con su público, después de haber presentado su último show.

No había otra forma de irse, Mauricio Burgos se despedía con el maquillaje y tacones puestos, a sus 41 años, brillando y dejando un dolor extraño y profundo en todos quienes lo conocimos.

Ese día murió también definitivamente aquella etapa de mi vida, llena de excesos, filas, afters, fiestas sin fin. Y se bordó en mi alma todos aquellos recuerdos, ese sorbo de vida eufórica en la que todos mis amigos y yo vivimos una juventud en éxtasis y brillantina, dónde una travesti periférica, ordinaria y hermosa, una especie de maestra de ceremonias cola y sin filtro, nos abrió los ojos y la mente a un mundo completamente nuevo, el cuál sería mi hogar permanente.

Dramaturga

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