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Soy Lela

Murder Queen

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Anoche tuve un sueño. Es extraño, hace años que no tenía uno, creo que desde que empecé a trabajar en esto, las cosas para mí fueron perdiendo poco a poco su sentido, los atardeceres, el viento soplando en mi cara, el sabor de un café, el de un chocolate caliente…

Después de perder mi carrera de periodismo y haber caído en lo más bajo debido a la necesidad de una maldita dosis de metanfetaminas, acepté cualquier trabajo, todo me servía, fue así como sin darme cuenta desperté un día en un departamento aislado, con documentos falsos, sin identidad y desvinculada de todas las personas que alguna vez amé. Ya casi no recuerdo el rostro de mi madre y, la verdad, poco me importa. Las cosas perdieron su sentido, yo misma me había perdido. Mis ganas de vivir no eran más que un impulso biológico, estaba muerta por dentro, o eso creía hasta que la conocí.

Asesiné a muchas personas: adultos, mujeres, adolecentes… sí, en eso consistía mi trabajo, era asesina por encargo. En las redes de narcotráfico era conocida y temida. Mi verdadero nombre estaba en el olvido. Pero anoche tuve un sueño en el que alguien me llamaba, su voz era tan dulce que me sacudió el pecho, aquellas sensaciones que había arrancado de cuajo se manifestaban en mi subconsciente con sus palabras; ella me llamaba y me miraba con los ojos húmedos. Nunca había sentido cargo de conciencia, hasta ahora.

El líder de una de las organizaciones de contrabando más temido en la capital me había llamado. Era curioso, pero esta vez no tenía que hacerme cargo de la competencia, tampoco de alguna de sus amantes, sino de un hombre que resultó ser un infiltrado; un policía y por su culpa mi actual jefe había estado a punto de caer y debió sacrificar a muchos de sus hombres. Era la primera vez que se me encargaba algo así, todos, incluso yo sabía que era un suicidio meterse con la PDI, por ello me pagaron una cantidad descomunal de dinero y me suplicaron que llegara de alguna forma hasta él. Me dieron unos datos vagos y el resto corrió por mi cuenta. Busqué su dirección hasta dar con ella y observé por semanas la casa.

El tipo vivía con su mujer, una joven de veintitrés años, cabello castaño claro y ojos color miel. Salía todas las tardes a regar las flores y, casi entrada la noche, tomaba su bicicleta y daba unas vueltas por el sector de uno de los barrios más acomodados de la ciudad. Mi objetivo llegaba a diferentes horas cada día y últimamente trabajaba de noche, por lo que no había tenido la ocasión e acercarme lo suficiente sin el temor de ser descubierta. Sabía también que por allí vivían muchos policías y de seguro mi presencia ya era sospechosa, así que me aprendí el recorrido en bicicleta de la joven y, una tarde cerca de una plaza, me acerqué a preguntarle por un lugar en donde vendieran buen café. Ella, que estaba revisando una de las ruedas de la bici, me sonrió y me indicó un lugar.

―Muchas, gracias. Estoy haciendo hora mientras espero a alguien, comienza a hacer frío y me hace mucha falta un café cargado.

―De nada, no te preocupes. ¿No eres de por acá?

―No, la verdad no. Solo vine a pasar las vacaciones de invierno con unos parientes, no ubico nada en Santiago. Quedé de verme con una amiga, pero se atrasó… ¿Siempre sales en bicicleta tú sola? ¿No te da miedo?

―¿Miedo? Para nada, no hay mucha acción por estos lados… y sí, siempre salgo, me relaja mucho. Mi marido llega tarde, a veces ni siquiera llega… Me aburro un poco.

―Así que eres casada…

―Hace algunos meses. Bueno, pero no voy a aburrirte con mi vida, ojalá llegue pronto tu amiga.

―Sí, muchas gracias, señorita, ¡perdón! Señora…

―Aún no me acostumbro a cómo suena eso. ―Rió―. En fin… ¿cómo te llamas?

Su pregunta fue un balde de agua fría, me puse nerviosa por no tener un nombre en mente, dije el primero que se me ocurrió.

―Amanda.

―Un gusto, Amanda. Me llamo Emilia. Si quieres te puedo acompañar un día a recorrer Santiago.

Las cosas se estaban dando demasiado bien, era muy fácil la forma en la que se había dejado convencer por mí. Le dejé una tarjeta con un número telefónico, era uno de los muchos que usaba para trabajar, desechable. Se despidió y esa noche me envió un texto para que yo guardara su número también.

La misión terminaría pronto, solo necesitaba reunirme con ella una vez más, lograr obtener la información necesaria sobre mi objetivo y con ello podría dar el golpe final, pero después de verla por segunda vez, oírla reír, sentir su aroma dulce…

Aunque no era necesario, la vi unas tres veces más, para ella yo me había convertido en una amiga, pero nuestra amistad era un secreto. Su esposo le prohibía salir mucho de casa y los motivos eran obvios. Ella nunca me dijo en qué trabajaba su marido, pero no era necesario, yo solo necesitaba datos horarios.

―Amanda, sé que me dijiste que trabajabas en la empresa familiar de tus padres, en el sur… pero a pesar de todo lo que me has contado, sigo sintiendo que algo me escondes…

―¿Qué? ¡No, te lo prometo!, no haría algo así con la única persona que me ha ayudado a sobrevivir en esta caótica ciudad…

Me había descubierto, mi corazón comenzó a latir con fuerza. Yo, que nunca me había puesto nerviosa, ni siquiera al momento previo de cometer un homicidio, estaba realmente asustada. Ella tomó una de mis manos, íbamos caminando de regreso a la plaza, cerca del metro que yo tomaba y cerca también de su casa, donde la había abordado la primera vez.

―Eres una mentirosa… no puedes negarlo ―dijo seria, mirándome directo a los ojos, temblé esperando lo peor―… ¡estás enamorada! Ahora cuéntame, quiero saber cómo se conocieron, debe ser una historia muy intensa; tú y él en una tarde fría y lluviosa en el sur…

Había olvidado que en uno de nuestros primeros encuentros le había dicho que estaba saliendo con alguien, aliviada, respondí…

―Y si te dijera que no es “él “sino “ella”. ―La miré detenidamente para ver su reacción.

―No me digas que eres…

―¿Lesbiana? ―la interrumpí.

―¿Sabes?… en el colegio una vez me besó una compañera, pero no fue la gran cosa…

―¿Eso quiere decir que no sentiste nada?

Me miró, seria. Dejó de caminar y sin soltar mi mano se puso frente a mí.

―¿Qué debería sentir…?

No pude evitarlo, la atraje hacia mí y la besé suavemente sobre los labios, ella se echó para atrás, me escrutó unos segundos con sus ojos intensos, pensé que saldría corriendo, pero para mi sorpresa se abrazó a mi cuello y me besó de vuelta. Sentí el frío viento mover mi cabello, la tarde se había dejado caer. Me separé de ella con cuidado.

―¿Mejor que en el colegio?

―Sí… ¿qué hora es? ―preguntó de pronto mirando su reloj―. ¡Armando está por llegar! Le dieron esta semana libre, debo estar en casa pronto… ¡Nos vemos!

¡Bingo! Ya tenía la información. En casa planearía todo y la noche siguiente acabaría mi misión. Me fui a mi departamento y una vez allí, me acosté.

Como dije antes, yo no soy de las que sueñan, pero hoy, a horas de llevar a cabo el asesinato que más me ha costado en años, recuerdo el sueño que tuve anoche: la voz de Emilia llamándome y pidiéndome consuelo, confundida, pero libre al fin de aquel insulso matrimonio… Más que un sueño aquello había sido una premonición, y llegado el momento, yo estaré ahí para consolarla, para dejarla colgarse de mi cuello, abrazarla fuerte y acariciar su cabello…

Es verdad que va a pesarme verla sufrir, pero ahí estaré yo para aplacar su dolor. Tendré cargo de conciencia, no lo niego… pero solo un poco.

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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