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Libertad condicional

Soy Lela

Libertad condicional

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Es gracioso ver cómo el destino siempre se encarga de ponernos en situaciones complejas luego de habernos ofrecido algo de paz. Paz, felicidad, placer, satisfacción… como todas las emociones, son pasajeras. Eso lo he ido aprendiendo con el paso de los años, porque cuando tenía veinte o menos, aún fantaseaba con los finales felices y los cuentos de hadas … qué risa me causa ahora mirar hacia atrás.

Llevo casada dos años, viví un amor intenso y apasionado con la persona que pensé sería el amor de mi vida. Dicen que nos enamoramos de una mejor versión de nosotros, quizá sea así… a estas alturas, ya no estoy segura de nada.

Luego de una relación larga que terminó en matrimonio, lo tenía todo. Había alcanzado ese sueño que de niña me había forjado ignorantemente, pero con algunas diferencias: no tenía una casa enorme en el sur del país ni un marido guapo; en lugar de ello, tenía un acomodado departamento en la ciudad más caótica y ruidosa, Santiago, y no me había casado con un hombre… después de haber conocido a muchos, me terminé de convencer de que las mujeres somos mejores en todos los aspectos, incluyendo las artes del amor, y … mi esposa me había hecho sentir en el cielo, como si el sexo fuera algo nuevo y maravilloso. Todo era perfecto, era feliz, tanto, que de pronto empecé a sentir miedo de que las cosas cambiaran… y cambiaron.

Científicamente estamos hechos para procesar el enamoramiento unos años, dos o tres, no obstante, yo amaba a mi mujer, no he dejado de hacerlo, pero con el tiempo dejamos de hacer un montón de cosas: mensajearnos, decirnos cosas tiernas, hacer el amor con desenfreno como si fuera lo único importante en el mundo, salir por unos tragos… entre muchas otras. El tedio laboral, las responsabilidades y la mantención de un hogar fueron erosionando esa roca inmensa de pasión que había encontrado junto a Isidora. Por si fuera poco, su trabajo como prevencionista de riesgo la obligaba pasar largos periodos fuera y, el tiempo que pasaba en casa, estaba muy cansada.

Una tarde, dentro de una semana en la que Isidora se había ido a una faena en Temuco, decidí salir por unos tragos con mis compañeras de trabajo. Fue una salida totalmente improvisada, aunque siempre llevo algo de maquillaje conmigo, y justo aquel día había salido con una blusa sin mangas, bastante sexy, que se ocultaba bajo mi sweater. Fuimos hasta el barrio Bellavista y encontramos un bar lleno de estudiantes universitarios, nosotras bordeábamos los treinta, sin embargo, nos aventuramos a entrar. La música electrónica se oía fuerte y los meseros iban y venían. Pedí un vodka naranja y mis colegas compartieron un pitcher. Al rato se fueron cuatro de ellas y quedamos tres, obviamente, las que no teníamos hijos ni alguien esperándonos en casa.

―Oigan ―dijo una de mis amigas, Carolina―, sé que es miércoles, pero… ¿y si nos vamos a alguna disco? Ya son las diez, debería haber alguna funcionando, ¿o no?

―¿Hace cuánto que no sales? ―le preguntó Fernanda, entre risas―. No vas a encontrar ninguna weá abierta a esta hora, mejor compramos algo y nos vamos a mi departamento…

―Uuuf, qué entrete ―me burlé―, digno de unas treintonas.

―¿Qué alegas tú, weona?, ¡si aún ni los cumples! ―alegó Fer.

―Pasar tanto tiempo con ustedes me hace sentir así…

―Parece que la que no sale nunca eres tú, Cata. ¿Qué onda la Isi? ―me preguntó Carolina.

―Se la pasa trabajando… y ¿saben qué? ―cambié el tema―. ¿Para qué chucha tenemos internet móvil si no lo usamos? Demás que encontramos una disco abierta.

Me puse a googlear y encontré una disco funcionando cerca del lugar, abría a las once, solo debíamos esperar un rato. Cuando sonreí, me miraron para que les contara sobre mi hallazgo, se alegraron de que hubiera encontrado una disco, el único pero… era que se trataba de un antro alternativo.

―¿A qué te refieres con alternativo? ―preguntó Caro.

―A que va de todo, es una weá gay ―respondió Fer.

―¿Y? ¿Qué les parece? Quizá se encuentren un bisexual o una tomboy que les mueva el piso ―reí.

Ambas se miraron y, para mi sorpresa, asintieron.

―Me gusta la idea, Cata. Además… ¿quién sabe? Quizá el amor de mi vida es una mujer y yo aquí perdiendo el tiempo con weones ―dijo Fer. Las tres reímos.

Pedimos una última ronda y poco después de las once nos fuimos caminando a la disco. Cuando llegamos, la música se oía fuerte desde afuera, buscamos la entrada y una drag queen nos atendió. Pagamos la entrada e ingresamos. La pista ya estaba en movimiento, aunque la mayoría de la gente estaba en la barra pidiendo sus tragos. Nosotras ya íbamos bastante mareadas, pero como venía un cover con la entrada, lo pedimos igual.

Había un grupo muy variado de personas; mis compañeras estaban fascinadas. Varias chicas nos miraron desde diferentes ángulos, no supe si por nuestra ropa semi formal o porque mis amigas se veían demasiado heterosexuales, así que las llevé al baño, las insté a arreglarse un poco y salimos, como nuevas. Yo con mi blusa roja sin mangas y escote, pantalón negro ajustado y botas negras. Ellas, con pantalón de tela, negro también, Fer con una polera de pabilo que llevaba bajo la blusa y Caro con una blusa blanca amarrada en la cintura. Sí, era una locura, pero estábamos algo ebrias y todo nos daba mucha risa. Solo queríamos bailar y divertirnos.

Como en mis tiempos de liceana, dejé nuestras cosas en una esquina, creo que sobre un parlante, y nos pusimos a bailar. La música electrónica y las luces parpadeantes hicieron que aumentara nuestra euforia y de pronto estábamos cantando y moviéndonos como lo hacía el resto. Al lado nuestro había un grupo de amigos, hombres y mujeres, deben haber tenido unos cuantos años menos. La chica que estaba cerca de mí poco a poco se fue acercando, seguí bebiendo y la música cambió de electrónica a un ritmo más candente, de esos que se bailan muy pegado al otro. Sin darme cuenta, estaba bailando al lado de la chica y en cuestión de segundos la tenía frente a mí, me miró sonriente, asumí que era una invitación a bailar y me dejé llevar por la música.

―¿Cómo te llamas?

―Catalina ―respondí, no le pregunté cómo se llamaba ella, la verdad es que no me importaba.

―¿Y qué haces aquí, Catalina? ¿Buscas algo en especial?

Por respuesta le mostré mi anillo de matrimonio, ella sonrió.

―No puedo creerlo… de todas las minas que hay en la disco me tenía que poner a bailar con una casada.

―No tienes que bailar conmigo si no quieres ―respondí, la música me llevó a rozar mi cuerpo con el suyo.

―En realidad no me molesta… a menos que alguna de esas dos sea tu esposa.

Negué con la cabeza, bordeé su cuello con mis brazos.

―¿Y qué hace tu esposa que no está aquí esta noche contigo? ―me preguntó.

―Trabaja, está fuera de la ciudad.

―¿Hace cuánto que no sales?

―Bastante…

―Se nota… déjame hacerte pasar un buen rato mientras tu esposa no está ―susurró en mi oído, mientras me tomaba de las caderas.

Me aparté un poco, pero me sostuvo con fuerza y respiró sobre mi cuello, me desentendí, miré las luces y seguí bailando, cuando bajé el rostro me topé frente a frente con el suyo, una de sus manos acarició mi cabello y lo llevó detrás de mi oreja.

―Eres muy linda, Cata… ―Llevó sus dos manos a mi rostro, con una acarició mi pelo y yo dejé de poner resistencia, ella puso su frente sobre la mía y luego besó la comisura de mis labios. Cerré los ojos y se apartó.

En ese momento, miré a mis amigas; estaban bailando cada una con un joven, habían tenido suerte al parecer, y no estaban mirándome. Dejé mi vaso en el piso y me olvidé de él, me acerqué a la joven, tomé su rostro con ambas manos y la besé. Sabía que estaba mal, sin embargo, no sentí culpa. Ella respondió de inmediato y, sin dejar de besarme, me condujo al lado del parlante en donde estaban mis cosas, me acorraló contra la pared y me levantó de forma que quedé suspendida sobre sus caderas, la enlacé con mis piernas para asirme de ella. Nadie parecía ponernos atención, así que la dejé moverse contra mí mientras besaba su cuello y sus labios con euforia. Luego de aquel arranque de pasión, algo cansada de estar suspendida, bajé lentamente, hasta tocar el piso, sin despegar mi espalda de la pared, ella metió una mano debajo de mi blusa y acarició mis pechos por sobre el sostén, sentí el fuerte impulso de pedirle que me llevara a otro lugar… “vamos a mi casa”, pensé en decirle, pero de pronto el sentido común se apoderó de mí.

―Disculpa, tengo que ir al baño ―le dije al oído.

―Aquí te espero, preciosa.

Tomé mis cosas y fui a la terraza, tanto bailar había disipado en parte los efectos del alcohol, y la culpa empezó a invadirme.

Marqué por teléfono a mis amigas, pero no contestaron, así que me abrigué y, sin que nadie lo notara, salí del local.

Llegué a mi casa algo mareada, pensé en lo bien que lo había pasado, en aquellas caricias que no debí recibir y que me habían hecho sentir viva otra vez, llena de energía y juventud desbordante… No había dejado de amar a mi esposa, solo había salido a pasarlo bien, y sí que lo había hecho; después de todo, mi matrimonio se había convertido en una especie de encierro, una rutina que me hacía sentir cada día un poco menos de apego a la vida.

Esa noche me tomé una pequeña libertad condicional, ¿me hace eso una mala persona? Bueno… espero que no, porque pienso seguir tomándomela de vez en cuando…

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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