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La chica de la encuesta

Soy Lela

La chica de la encuesta

Hay veces en las que siento que Fernando nunca tiene tiempo para mí. Hace un par de años, cuando decidí casarme con él pensé que, a diferencia de las parejas mujeres que había tenido, él era diferente; me mimaba y protegía más, no se ponía celoso de todo el mundo y no le molestaba que yo fuera bisexual. En fin, todo era perfecto hasta que tuvo la brillante idea de pedirme que dejara de trabajar (a él le habían dado el puesto de gerente general)… En parte fue culpa mía, puesto que siempre me la pasaba diciendo que odiaba mi trabajo como asistente social… una cosa llevó a la otra y bueno, aquí estoy ahora, en casa a las siete de la tarde, sin nada qué hacer.

Es curioso, pero a pesar de tener una vida sexual plena con mi esposo, a veces extraño el contacto físico con una mujer. Recuerdo una anécdota que viví hace algunos meses producto de ello:
Para darme un gusto, llené la tina, puse esas sales de baño de violeta que tanto me gustan, tomé uno de mis libros favoritos y me serví un vaso de vino espumante antes de entrar al agua tibia y dejar que el perfume de las sales se impregnara en mi piel. Pasaban lentos los minutos y entré en un agradable sopor. Bebí la copa de vino al seco y dejé que mis brazos descansaran en los costados de la tina, mis músculos se sentían tan livianos, mi cuerpo tan sedoso… entrecerré los ojos y me atrapó un repentino sueño que no duró más de cinco segundos, pues me sobresalté al oír que golpeaban la puerta. Fastidiada, me levanté del agua, envolví mi cabello en una toalla, me puse las zapatillas de descanso y la bata. Me dirigí a la puerta y la abrí: una joven de unos veintiún años, con folletos sobre el cuidado del medio ambiente y un formulario de encuesta, estaba de pie frente a mí. “Qué podría ser peor”, pensé. Pero al ver su jovial sonrisa y amable aspecto la hice pasar y tomar asiento.

―Perdón si la interrumpí, soy voluntaria en un refugio de animales y estamos recaudando firmas y fondos para que nuestra comuna implemente servicio veterinario y jornadas de adopción.
Mis dos gatos acudieron al living y empezaron a restregarse en sus piernas.
―Bueno, creo que debo contestar algunas preguntas ―dije mirando el formulario que había dejado sobre la mesa de centro.
―Sí, es una encuesta muy breve, no la molestaré mucho rato.
―¿Quieres beber algo? ―ofrecí.
―Agua estaría bien, por favor.
Serví dos copas de espumante, una la bebí completa y la volví a llenar, me acerque hasta la chica con la otra copa y se la extendí. Ella la tomó y bebió sin preguntar, me miró extrañada al darse cuenta de lo que era.
―Tranquila, tiene muy pocos grados, además está muy frío. Especial para el calor que debe hacer afuera, pero si no quieres…
―Está bien, gracias. ―Bebió a gusto.
La muchacha comenzó a preguntar y yo a responder. Como el licor estaba haciendo algo de efecto en mí, respondí varias veces con sarcasmo y algunas bromas, la chica solo reía y tomaba notas. Le serví una segunda copa.
―Eres muy simpática, ¿cuál es tu nombre? ―pregunté.

―Paula.
Ya estábamos terminando la entrevista.
―Ha sido muy agradable tu compañía, ¿quieres una última copa antes de partir?
―La verdad es que no debería. ¿Puedo ocupar su baño para refrescarme?
―Adelante, pasa.
La muchacha entró. Tenía a una hermosa muchacha en mi baño, la tina estaba llena y yo no tenía más ropa que la bata… La puerta estaba entornada, la vi lavarse la cara, las manos y mojarse un poco el pelo. Entré sigilosa.
―¡Oh!, me asustó…
―Tienes un mechón rebelde, déjame acomodarlo.

Le arreglé el pelo que caía sobre su rostro y me acerqué a oler su cuello. Sentí un delicioso aroma frutal. La chica tartamudeó unas palabras y yo aproveche de besar la comisura de sus labios, solté mi cabello que cayó rojo y liso por mi
espalda y la tomé por la cintura. Sí, el alcohol me había dado el valor suficiente como para hacer algo tan descabellado como eso. Asustada, se zafó de mí, fue hasta el living por sus cosas y se fue. “Lástima, estuve tan cerca”, pensé.
Me disponía a quitarme la bata para entrar al agua de nuevo cuando volvieron a tocar la puerta. Me acerqué a la mirilla y vi que era ella, abrí.
―¿Sí…?
―Ehh, este… se me quedó el lápiz.
¿Qué tan valioso podía ser un lápiz? No dije nada, solo la dejé pasar. Cuando encontró lo que buscaba se acercó a la puerta, yo estaba de brazos cruzados tras esta.
―Bueno, supongo que no te veré más. Fue un gusto, Pau…
No alcancé a terminar. La joven se acercó rápido y me besó en los labios. Soltó el portafolio y el lápiz, respondí al beso, me abracé a su cintura, jalé su pelo hacia atrás y comencé a besar su cuello.
―Así que por esto volviste…
No respondió, sus mejillas enrojecidas la hacían ver aún más bella. La tomé en brazos y la llevé hasta el sillón en donde la desvestí con fiereza. Dejé a un lado mis zapatillas.
―Yo, yo nunca he estado con una mujer.
―Tranquila, creo que ya te está gustando.
Cuando estuvo desnuda dejé caer mi bata y la incité a tocar mis pechos, besó mi abdomen, mis caderas, su respiración agitada y nerviosa me hicieron saber que necesitaba algo de ayuda, así que la llevé de la mano hasta la tina y la invité a entrar conmigo.
―Qué agradable huele, son violetas, ¿verdad…?
―¿Eso qué importa? ―Reí―. ¿Estás nerviosa?
Asintió, me acerqué a besarla y me posicioné sobre su cuerpo, la acaricié despacio, sus gemidos no tardaron en llegar. Cuando entré en ella dejó escapar un grito que callé con besos, el vaivén de mis movimientos entrando y saliendo pronto la hicieron acabar.
―Yo, yo no debería estar aquí…
―No, deberías estar en mi cama.
La llevé a mi cuarto, allí hice mucho más que solo tocarla y la dejé hacer lo mismo conmigo hasta que ambas estuvimos satisfechas.

Agotadas, nos miramos; ella sonrió y yo la besé. Pero aunque estábamos muy a gusto lo mejor era que se fuera, Fernando… ¡Fernando estaba por llegar!
La chica se vistió, tomó sus cosas, me dio un apasionado beso y se marchó.
Nerviosa, me dirigí al baño para ordenarlo, luego tendría que hacer lo mismo en el cuarto. Estaba en eso, cuando sentí el auto; ¡Fernando había llegado!, lo escuché bajar del vehículo, luego oí sus pasos, después la llave y la puerta abrirse… Cerré los ojos aterrada.
Cuando volví a abrirlos, estaba con el agua hasta la nariz y tuve que levantarme rápido para poder volver a respirar. El silencio reinaba en la casa y el olor de las violetas seguía flotando mezclado con el vapor en el aire, consulté el reloj de mi celular (que había dejado en el piso); había dormido por veinte minutos.
De pronto, tocaron la puerta… No pude evitar sonreír…

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"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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