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Soy Lela

Happy hour

Era tarde, llevaba tres horas en la casa de Rocío, una amiga a la que no veía hace mucho. Había roto un par de semanas antes con el único pololo que había tenido desde que estaba en el liceo; las cosas no andaban bien entre ellos desde el 2016 y, considerando que ya habían pasado dos años desde entonces, el asunto era bastante serio. Por mi parte, tengo una relación estable con una mujer perfecta, al menos, eso es lo que las personas ven.
Luego de aconsejar a mi amiga sobre lo que debía hacer y lo que no tras una ruptura tan reciente la invité a dejar sus penas a un lado, después de todo, la vida seguía; a los treinta años aún se es joven y por eso nos fuimos a un bar cerca de Ñuñoa a eso de las nueve.
Después de haber pedido nuestro segundo “Happy hour” ambas estábamos algo ebrias, nos reímos, cantamos las canciones del karaoke y terminamos conversando con un grupo de personas que estaban cerca de nuestra mesa. Llamé a mi casa para avisar que llegaría más tarde. Seguí bebiendo y cantando, hacía meses que no salía y de verdad lo estaba pasando bien; es más, con mi novia casi no iba a ese tipo de lugares y, lo que para
muchos era una “relación perfecta”, puertas adentro era una monotonía irritante, rutina permanente y varias noches sin sexo… pero eso solo lo sabía yo, y como a mi pareja le parecía bien el ritmo de vida que llevábamos no hacía ningún intento por cambiar nuestra situación. Ella era feliz, y por ende, daba por sentado que yo también lo era.
Mientras bebía mi “Sex on the beach” y pensaba en lo bien que se sentía estar unas horas lejos de mi casa, noté que de pronto mi amiga ya no estaba a mi lado, se había ido a sentar cerca de uno de los chicos del grupo; eran cinco en total, dos hombres y tres mujeres, una de ellas me miraba como si me conociera, pero como no tenía idea de quién se trataba no le di importancia, estaba preocupada de que ese tipo no se le acercara más a Rocío, así que me levanté y me acerqué hasta donde estaba mi amiga.
―¿Por qué te vas?
Una mano me sostuvo por el brazo, me voltee para ver quién me hablaba; era la chica que me había estado mirando con insistencia. Su pelo castaño y largo, tomado en una trenza; ojos almendrados de color pardo, y tez trigueña… ¿Quién era?
―No me voy, solo quiero sentarme al lado de mi amiga.
―Pero ¿para qué le vas a arruinar la diversión? Mírala…
Rocío estaba muerta de la risa, y después de haberla visto tan mal en la tarde sentí que, de haber intervenido, hubiera sido una canalla … doce años con el mismo hombre a su lado y lo único que había sacado de esa relación fueron lágrimas y preocupaciones. Desistí de mi cometido.
―Es verdad. ―Hice ademán de volver a la silla en la que estaba sentada y la joven me retuvo.
―Fernanda… ¿no te acuerdas de mí?
La miré de nuevo, esta vez detenidamente. Se me hacía familiar, pero no pude reconocerla.
―No, lo siento, pero no me acuerdo.
―Soy la Romi, Romina Avello… fui tu colega en un banco del centro, soy contadora
igual que tú. Hiciste un reemplazo donde yo trabajo el 2012, por unos meses.
El alcohol me tenía algo mareada, pero después de verla bien, la reconocí.
―Romina… perdóname, estás… distinta…
―Sí, antes tenía el pelo rubio. ―Rió.

Me senté a su lado y conversamos lo obvio. Cuando habíamos sido colegas, recuerdo haber intercambiado alguna mirada con ella, siempre la encontré atractiva, pero no nos veíamos mucho y casi no hablábamos en esa época, además, yo era muy tímida.
―¿Sabes?, estoy algo mareada, si me paro me voy a caer, ¿me puedes acompañar al
baño?
Asentí. Caminamos tambaleándonos; era uno de esos baños para varias personas, así que ella entró en uno y yo me quedé en el lavamanos arreglando mi cabello y repasando mi lápiz labial. Estaba en eso, cuando escuché un golpe, me acerqué rápido hacia donde estaba Romina.
―¿Estás bien? ―pregunté detrás de la puerta.
Ella salió, muerta de la risa y con su pequeña cartera empapada.
―Se me cayó…
No pude evitar reír, se le había caído dentro del inodoro por sujetarse y evitar caer al piso. Sí, estábamos muy ebrias.
Se lavó las manos, lavó la cartera y todo lo que tenía dentro. Después de que se nos pasó un poco la risa y por fin pudimos hablar, me dijo:
―¿Me convidas?
―¿Qué cosa?
―Lápiz labial… el mío se arruinó… Y el tuyo es muy lindo.
Se acercó a mi rostro y con el dedo índice tocó mi labio inferior, me estremecí.
―También te quedaría bien, déjame sacarlo para que lo puedas usar ―dije, nerviosa.
―Pensé que podía tomar del que tienes puesto. ―Pasó el dedo con el que había
rozado mi labio, sobre los suyos―. Si me lo permites, claro…
―Romina, tengo una relación, ¿recuerdas que te lo dije hace un rato?
Ella me ignoró, se acercó hasta mi boca y dibujó mis labios con uno de sus dedos, no pude evitar sentir que el calor subía por mi cuerpo, hacía meses que no estaba en una situación tan excitante.
―Siempre me gustaste ―me dijo.
Cerré los ojos, sentí sus labios sobre los mío y me dejé llevar. Nos besamos con pasión, como si ambas lo hubiéramos estado esperando hace mucho. La tomé por la cintura y la senté en el lavamanos, seguimos besándonos hasta que oímos pasos desde afuera, hábilmente ella bajó, me tomó la mano y me encerró en uno de los baños con ella.
Entraron un par de chicas, una se maquilló mientras la otra ocupaba el baño, luego salieron. Romina tenía su mano sobre mi boca, pensé que la quitaría cuando se fueran las chicas, pero no; posó su otra mano sobre uno de mis pechos, bajó hasta mi cintura y luego la introdujo bajo mi pantalón, gemí.
―Shhts…
Aparté su mano de mi boca y comencé a besarla y tocar sus pechos; la deseaba y ella lo sabía, se quitó la polera y la acaricié sobre el sostén mientras le besaba y mordía el cuello.
De súbito, mi teléfono comenzó a sonar; era Rocío, no contesté.
―Vamos ―le dije al oído, jadeando.
Volvimos a la mesa, mi amiga me dijo que se iría a casa, no estaba muy bien, al parecer había bebido bastante en mi corta ausencia.
―Vamos ―le dije a Rocío―, me quedo contigo.
Romina me pasó una servilleta doblada, me despedí de ella, del resto y nos fuimos.
Luego de dejar a mi amiga en su cama, dormida, llamé a mi novia:

―Amor, la Rocío está algo mal, estuvimos bebiendo y se le pasó la mano. Me voy a
quedar a cuidarla.
―Ok, amor, te voy a extrañar. Te amo, cuídate.
―Lo haré. También te amo.
Corté. Luego marqué el número anotado en la servilleta arrugada que tenía en el
bolsillo.
―¿Aló? Romina, mándame tu ubicación… voy a quedarme contigo esta noche…

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"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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