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Soy Lela

Del amor al odio

Del amor al odio

Y pensar que dije que nunca iba a enamorarme de ella…

Cuando la conocí supe de inmediato que era una persona diferente, de esas que parecen no ser de este mundo, demasiado surreal para mi gusto, inmensamente magnética. Un alma libre, un espíritu inquieto, una energía desbordante y un terrible huracán de desenfreno. Ella no tenía límites, no aparentaba conocerlos y, si lo hacía, poco le importaban. Impulsiva y devastadora, de mirada tan alegre como asesina, según su estado de ánimo. Así era Helena.

En mi círculo de amigos ella era la más joven, tenía al menos tres años menos que nosotros, todos compañeros de un mismo liceo. Se había sumado porque gustaba de una de nuestras amigas, salieron un tiempo, pero terminaron siendo solo amigas.

Cuando egresamos, el grupo siguió frecuentándose, éramos unas seis personas, dos hombres y cuatro mujeres, aunque siempre se sumaba a nuestras reuniones alguna de las novias nuevas de Helena. Sí, ella se enamoraba perdidamente de alguien cada dos o tres meses, en ocasiones el amor le duraba un poco más, pero luego terminaba saliendo con chicas que conocía en alguna fiesta o que seguía en Instagram.

En más de una oportunidad, Helena se me había insinuado (como a todas, claro, ella era así), solo que conmigo no coqueteaba de manera tan directa. Dejaba su osadía de lado y era muy dulce, cuando quería, claramente. Era muy tierna cuando estábamos solas, me regalaba flores que cortaba de camino al paradero cuando iba a dejarme a algún lugar o me escribía notas que dejaba en mi bolso y yo encontraba al llegar a mi casa. Me hacía reír y me agradaba estar a su lado; la quería mucho, como se quiere a una hermana pequeña, y era feliz así, porque sabía que su alma indomable era demasiado inalcanzable como para atreverme a sentir algo más que cariño.

A diferencia de las chicas con las que salía, yo la conocía, y por eso mismo evitaba enredarme en alguna situación romántica con ella, aunque admito que en alguna fiesta en casa de nuestros amigos, y con un par de copas encima, me había dicho que a mí no me trataría como a las demás, que yo era especial… que me quería mucho y estaría siempre a mi lado, como amiga al menos, hasta que yo le diera una oportunidad; que iba a demostrarme que era digna de estar conmigo. Siempre me dio risa que se pusiera tan seria, imaginaba que les decía lo mismo a todas, pero sus ojos fijos me indicaban que sus palabras eran ciertas. Había algo de tensión sexual entre nosotras, era evidente, pero yo habría tenido que ser muy estúpida como para haber cedido ante ella, era demasiado riesgo.

Con el paso del tiempo, cada uno fue haciendo su vida y ya poco nos veíamos. Creo que con una de mis amigas me veía más seguido, a Helena le perdimos el rastro por mucho tiempo. Volvió a aparecer cuando tenía veintiuno. Cuando la vimos casi no la reconocimos, ya no traía el pelo largo tomado en una trenza, tampoco se veía alegre y extrovertida como lo había sido siempre, no. Estábamos frente a otra persona, mucho más sombría y parca. Bebía mucho y fumaba sin parar.

En esa misma reunión, salimos a la terraza del departamento de mi amigo, la acompañé a fumar y conversamos largo rato. Me contó muchas cosas, su vida había tenido un montón de cambios, desde la muerte de la abuela que había sido como una segunda madre para ella, hasta el hecho de haber intentado vivir unos meses con la que sería su esposa; romance que había terminado en tragedia, con la madre de la chica demandándola y un intento de suicidio de su parte. Se encontraba tomando terapia psicológica. Su confesión me conmovió, nosotros, sus amigos le perdimos la huella y nos desentendimos, solo nos preocupamos egoístamente de nuestras propias vidas… me sentí terrible.

―¿Y qué hay de ti? ―me preguntó.

―No mucho, salgo con un compañero de la universidad, estudia arte.

―Vas a vivir súper bien cuando se casen ―se mofó.

―Sus papás son dueños de un colegio, tiene la vida asegurada ―respondí triunfante.

―¿Estás enamorada?

―Supongo… no llevamos tanto tiempo.

―Pensé que te gustaban las mujeres…

―Aún me gustan. Sabes que no tengo una preferencia definida.

Era cierto, yo salía con hombres y mujeres, más con hombres, por un tema social.

―Sabes que es probable que no volvamos a vernos, ¿cierto? ―preguntó.

―¿Por qué lo dices?

―Porque ya no me siento cómoda con nadie de aquí. Así que te voy a confesar una cosa… Siempre me gustaste, es más, estaba enamorada de ti. Por eso me era difícil ser directa contigo. Pero nunca tuve una oportunidad, tú nunca me tomaste en serio.

No podía creer que lo que me decía fuera cierto.

―¿Sí? ¿A cuantas les dices lo mismo?

―¿Me crees capaz de mentirte?

―Bueno, contigo nunca se sabe… ¿qué quieres que diga?

Se acercó a mí, me abrazó por la cintura y me habló al oído.

―¿Te puedo dar un beso? ―susurró.

―Oye, estoy saliendo con alguien, no juegues conmigo.

Me rozó la nariz con la suya, besó mi rostro y la comisura de mis labios.

―Solo un beso…

No supe cómo, pero de pronto estaba besándola y acariciándole el pelo. Sus labios apretaban los míos como si quisiera nunca separarse de mí. Cuando me soltó, pude respirar al fin. Estaba agitada, algo avergonzada y… muy excitada.

―No te volveré a molestar.

Tras decir eso, entró al departamento, tomó sus cosas y dejó la fiesta. Seguía tan impredecible como siempre.

Nadie preguntó, pero creo que todos supieron que había pasado algo entre nosotras.

…CONTINUARÁ.

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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