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Soy Lela

Break

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Encendí un cigarrillo mientras ella recogía su ropa. Apresurada, acomodaba su cabello y se maquillaba sobre los vestigios de delineador y lápiz labial que habían permanecido en sus ojos y sus labios luego de nuestro encuentro.

Cada jueves era así, el resto de la semana cada una tenía demasiadas ocupaciones y muy poco tiempo; ella estaba en primer año de universidad, y yo me encontraba sacando mi posgrado. Prácticamente, tenía siete años más que ella y eso se reflejaba en nuestros horarios y actividades.

Había conocido a Francisca cuando ella apenas tenía diecisiete años, yo estaba recién egresada de licenciatura en filosofía y conseguí mi primer trabajo en el colegio en el que ella cursaba cuarto medio. La profesora jefe de su curso, en aquel entonces, tomó una larga licencia y me dejaron a cargo. Francisca era una muchacha “problema”, según los comentarios de mis colegas, de la orientadora y del director. Habían intentado expulsarla debido a sus “comportamientos inadecuados” y por su “soberbia” en cuanto a las normativas del liceo. Evitaba usar el uniforme completo o lo decoraba a su antojo con parches de bandas de rock y punk, en los recreos iba a las salas de otros cursos y pasaba tiempo con alumnas menores. En más de una ocasión se había peleado con una compañera por un tema de celos. El colegio era mixto, pero ella no era de las que se peleaba por un chico, no. Ella era un caballero de armadura y espada plateada que buscaba una princesa. Fue así cómo me enteré de por qué era considerada una alumna problema: era lesbiana.

Recuerdo que, en un consejo de curso se me acercó. Yo tenía órdenes de no hablarle en privado, menos de tener consideraciones con ella. Habían sido claros conmigo y, a pesar de que yo estaba en conocimiento de que aquello era discriminación y que de no unirme a su postura tiránica y obsoleta no mantendría mi trabajo por mucho tiempo, no pude obedecer, simplemente no pude. Ese día, terminando el consejo, cuando estaba por sonar el timbre para salir a recreo, ella se sentó en el puesto ubicado justo frente a mi escritorio.

―¿Le puedo preguntar algo?

―Por supuesto. Dime ―respondí sin mirarla y continué poniendo notas en el libro de clases.

―¿…A qué edad se dio cuenta de que le gustaban las mujeres?

Solté el lápiz, la miré por sobre los anteojos y ella sonrió. Sonó el timbre.

―Francisca, sabes lo que todos piensan de ti en el colegio y, aún así, insistes en querer llamar la atención. No vas a lograr hacerme enojar ni conseguirás que te mande a inspectoría. Sé que ocupas esos tiempos para ir a visitar a tus amigas de otros cursos. Ahora, sal a recreo.

Me miró desafiante, se quedó de pie mientras todos salían, luego se acercó con cierta violencia a mi escritorio, se inclinó hacia mí y me quitó el lápiz solo para dejarlo caer al piso.

―Me importa un carajo lo que digan de mí en esta escuela de mierda.

Salió y dio un portazo tras ella. Me mordí el labio, tenía mucha ira y estaba cansada de tratar con jefes petulantes, apoderados caprichosos y, ahora, con su mal carácter. Sentí un nudo en la garganta, dejé pasar unos segundos y me agaché para recoger el lápiz. La puerta se abrió de pronto, era ella. Me volteé hacia la ventana y dejé que mi cabello cayera sobre mi rostro para que no viera mis ojos llenos de lágrimas.

―No puedes estar en la sala, sal pronto, por favor.

Sentí que se acercaba y maldecí para mis adentros, no quería seguir discutiendo ni que me viera llorar. La miré por entre los mechones oscuros de mi pelo y la vi, seria.

―Lo siento, profesora, no debí haberla tratado así… es que… pensé que era diferente, de los meses que lleva aquí nunca me ha castigado ni llamado la atención. Yo, yo pensé que usted me entendía, que quizá podíamos tener algo en común. Pero me equivoqué. No la molestaré de nuevo.

De verdad vi arrepentimiento en sus ojos. Ella también lo pasaba mal y me constaba, pero yo era nueva en el rubro, me agotaba y me afectaba con mucha facilidad todo lo que pasaba a mi alrededor.

―No te preocupes, he tenido días peores.

―Pero yo hice que este empeorara, ¿verdad? No quise hacerla llorar.

Me había descubierto. Me odie a mí misma por ser tan débil.

―Tú no me hiciste llorar. Estoy algo colapsada, tengo varios cursos y mucho trabajo. Ahora, déjame sola, por favor.

Salió del salón en silencio. Desde ese día nunca más fue hostil conmigo, es más, se sentaba en el banco frente a mi escritorio, me ayudaba a instalar las diapositivas y me llevaba el libro de clases cada vez que lo necesitaba. Hablábamos durante los recreos y, la verdad… le tomé bastante cariño. Ella era más parecida a mí de lo que yo me lo hubiera esperado, solo se sentía incomprendida y sola. Sus padres no apoyaban su orientación sexual y en el colegio los entes de autoridad le hacían la vida imposible. Me recordaba a cómo era yo a su edad. Con el paso de los meses, ella ya no era mi alumna, era mi amiga; la única que tenía en ese asqueroso trabajo.

―¿Por qué no quieres que camine contigo? ―me dijo un día, saliendo de clases―, de todas maneras, tú misma dijiste que no querías seguir trabajando aquí.

―No quiero que se preste para habladurías, sabes cómo son los directivos y los apoderados. La profesora nueva y la alumna problema… perderé toda mi autoridad y quizá hasta manchen mis expedientes.

―Pero si solo somos amigas…

―Lamentablemente… ―respondí, con una sonrisa.

Me miró sorprendida, aunque en el fondo, ambas sabíamos que su sorpresa era algo fingida. Había tanta tensión sexual entre nosotras que se podía sentir en el aire.

―Siempre supe que también te gustaban las mujeres, por eso intentaba llamar tu atención.

―Lo sé. Pero eres una niña y yo soy tu profesora.

―El próximo año ya no seré una niña, seré mayor de edad.

―Y yo no seré tu profesora, pero…

Se puso frente a mí. Se acercó a mi rostro y besó la comisura de mis labios.

―Te quiero ―dijo, y se fue sin despedirse.

Esa tarde la presión me superó, aunque quedaban pocas semanas para cerrar el año escolar, dejé una licencia y luego renuncié. Perdí todo contacto con Francisca… Me había enamorado de una de mis alumnas y eso no podía funcionar de ninguna manera. Así que huí.

Años más tarde, me la encontré en un pub. Ella hacía un pre universitario y yo postulaba a mi posgrado para, por fin, dejar los colegios. Después de unos tragos y algo de charla, terminamos en mi departamento y despertamos al día siguiente, en mi dormitorio.

―¿Recuerdas que una vez te dije que te quería?

―Sí… ―respondí. Ella estaba recostada sobre mi pecho y yo acariciaba su cabello.

―De verdad te quería.

―También yo. Pero no se podía entonces.

―Y tampoco se puede ahora…

―Así es.

Ella tenía pareja, salía con una chica que había conocido en el preu. Yo, por mi parte, estaba conociendo a alguien un poco mayor que yo, un hombre con trabajo estable y los pies en la tierra, y teníamos planes de irnos a vivir juntos… era todo lo que necesitaba.

Era cierto. Simplemente, no se podía, no iba a arriesgarme a salir con alguien menor que no tenía nada que ofrecerme. La vida me había enseñado que debía ser práctica para poder subsistir.

Sin embargo, había pasado un año desde nuestro reencuentro y ahí estaba yo otra vez, fumando un cigarrillo mientras la veía prepararse para marchar y seguir con su vida. Yo seguiría la mía cuando regresara a mi casa con alguna excusa barata, una vez que saliera de ese cuarto que frecuentábamos cada jueves, ese viejo y lúgubre cuarto de motel en el que, por unas horas, nos dábamos un descanso, un “break” de nuestras rutinarias vidas; aquel lugar en el que solo existíamos ella y yo.

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

1 Comentario

1 Comentario

  1. denisselealz

    Mayo 16, 2018 at 3:38 pm

    Siempre ingreso aquí a leer alguna nueva historia y siempre quedo en shock de la emoción a medida que paso al siguiente párrafo. Se podría hacer una serie con ellas. Un aplauso por la dedicación a las letras!

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