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Soy Lela

Amor Prestado

Amor Prestado

─Bésame, ¡bésame como si fuéramos a morir mañana!

Ella recorrió mi cuello con sus labios, sus manos estaban arrimadas a mis caderas y su pecho pegado al mío.

─¿Si muero mañana? ¿Me extrañarías? ─susurró en mi oído.

─Cállate y sigue en lo que estabas…

─¿Sin arrepentimientos?

─No quiero pensar en eso.

─Está bien.

Rebeca me levantó y me sentó sobre la mesa en la que poco antes habíamos estado tomando café con galletas. Se quitó la camisa y me ayudó a quitarme la polera mientras besaba mi cuello de nuevo. Sus manos recorrieron mi espalda, me rodeó con uno de sus brazos y, llevó la mano que tenía desocupada hasta mis pechos.

Esta vez no habíamos bebido nada, en nuestros encuentros anteriores siempre habíamos estado ebrias o, al menos, una de las dos.

Nuestra relación era muy extraña, llevábamos años de habernos conocido, pero a pesar de sentirnos atraídas fuertemente, siempre una de nosotras había estado en una relación, mientras la otra estaba soltera o viceversa. En algunas ocasiones las dos habíamos estado emparejadas y, aunque Rebeca una vez me dijo que era capaz de dejar a una persona para estar conmigo, yo nunca había aceptado salir con ella, no quería arruinar nuestra amistad. Por otra parte, no quería embarcarme en algo tan arriesgado, después de todo, no pasaba desapercibida nuestra diferencia de edad. Yo era cinco años mayor, ella tenía veintiuno y yo veintiséis. Ella estudiaba y salía con sus amigos, mientras yo preparaba informes y tenía reuniones en la empresa. Además, la forma en la que nos vestíamos lo reflejaba.

Pero esa tarde habíamos planeado hacerlo; íbamos a romper el límite. En realidad, ya lo habíamos hecho, aunque nunca habíamos llegado tan lejos; nuestros encuentros no pasaban de unos besos, abrazos y caricias por sobre la ropa. No obstante, esta vez queríamos llegar a algo más, ya no era suficiente solo hablar y besarnos. La tensión sexual era obvia, por años lo había sido, antes temíamos arruinar la amistad, pero ahora ya no éramos amigas; éramos más una especie de pilar: cada una le daba soporte a la otra, la escuchaba, la entendía, la contenía cuando pasaba por un mal momento y, en uno de esos malos momentos, habíamos roto la barrera.

─Catherine, de verdad quieres que…

─Sí.

Rebecca me bajó de la mesa y me ayudó a quitarme el resto de la ropa. Se quitó la suya y, por primera vez, vi su cuerpo desnudo, sus brazos tonificados, su abdomen bien marcado… Parecía sacada de un boceto artístico. Con timidez me acerqué para besarla, ella sabía que estaba mirándola y eso le gustaba.

Nos besamos largamente, me apoyé en la mesa y ella puso una de sus piernas entre las mías. Me dediqué a tocar sus pechos perfectos, pequeños y firmes. Ya no hablábamos, solo surcaba el silencio el sonido de nuestra respiración.

Mientras yo me limitaba a tocar su busto, ella tomó mi cuello, me besó y mordió mi labio inferior, luego me tomó del pelo para echar mi cabeza hacia atrás, su otra mano bajó hasta mi entrepierna; sin darme cuenta había comenzado a quejarme. Ante mi reacción, se sintió con poder y llevó sus dedos a mi sexo, lo frotó y notó lo húmeda que estaba. Me sentí indefensa y quise cambiar lo papeles, me afirmé de sus caderas y besé su hombros, su cuello… me soltó el pelo y, al verme libre, me arrodillé para hacerle sexo oral, pero ella me levantó.

─No…

Quedamos de frente, ella me miró fijo. Decidí que era mejor no pensar y entregarme a lo que Rebeca deseaba, entonces la dejé tocarme nuevamente como lo había estado haciendo poco antes y entró sin piedad en mí. Solté un grito, me tapó la boca, luego me besó.

Movida por el calor del momento, quise darle placer de la misma manera, deslicé mis dedos por su vientre y un poco más abajo, esta vez no se resistió. Con cuidado comencé a tocarla, su sexo palpitante y húmedo me invitó a entrar. Rebecca gimió, pero no se detuvo. Pasamos así varios minutos, hasta que Rebeca llegó al clímax, como yo aún no lo hacía me puso de espaldas, me arrimé al borde de la mesa y la sentí dentro otra vez, ahora con menos cuidado. Sentí dolor, uno que no sé cómo explicar porque me gustaba de todas formas. Cuando acabé por fin, me di vuelta para besarla.

─Vístete rápido, tengo que salir ─me dijo cuando nos separamos.

─Pensé que íbamos a pasar la tarde juntas…

─Yo también, pero me salió un panorama.

Comencé a vestirme, ella también.

─¿Y a quién vas a ver esta vez?

─A una niña que conocí hace unas semanas por Instagram, es amiga de una amiga…

─¿Es guapa?

─No más que tú. ─Se acercó y me dio un beso en la mejilla.

─Ok, vamos para que no llegues tarde a tu cita.

Me pinté los labios, arreglé mi cabello revuelto y algo enredado.

─Solo voy a juntarme con ella. Ni siquiera sé si me va a gustar cuando la conozca en persona o si le voy a gustar yo.

─Tú le gustas a todo el mundo.

─Sí, menos a ti…

La miré en silencio, en realidad sí me gustaba, pero éramos muy distintas. Habían demasiados obstáculos, yo no podía estar con ella, aunque quisiera. Por un lado, estaba su juventud y exceso de energía; por otro, su popularidad con las chicas de su edad…

Terminamos de arreglarnos y salimos, pronto pasó el bus que me dejaría en casa, me acerqué para besar su mejilla, pero ella no me dejó ir así y me besó en los labios.

─Pásalo bien en tu cita ─le dije.

─Y tú, ten cuidado de que no te descubran.

─Lo tendré…

Y bueno, ese era el último obstáculo: siempre una de las dos estaba en una relación; esta vez, era yo.

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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