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Soy Lela

Alfa y Omega

Alfa y Omega

¿Cuántas veces se puede cometer el mismo error?

En mi caso, infinitas veces. Ahí estaba de nuevo, esperando por ella, mendigando un poco de su tiempo, unas migajas de su cariño. Sí, cariño. Lo nuestro nunca fue amor, al menos, por su parte; porque yo la amé desde que nos conocimos.

Camila era una mujer de carácter fuerte, inteligente, muy segura de sí misma y segura también de lo que provocaba en los demás. Pienso que eso fue lo primero que me gustó de ella, su inteligencia, su prestancia… esos ojos claros y su cabello corto, su estilo indefinido con el que no se sabía de lejos si se trataba de un chico o una chica… su mirada penetrante… su nombre.

No sabía que éramos compañeras del mismo liceo ni que estábamos ambas en cuarto medio. No sabía absolutamente nada de ella, solo que habíamos coincidido, por esas cosas de la vida, en un taller deportivo. Camila llevaba más tiempo ahí que yo, por lo tanto, era prácticamente mi entrenadora. La profesora de gimnasia siempre la ponía a cargo mío y de un grupo de niñas que, al igual que yo, recién habían entrado.

Camila era buena, la mejor del equipo. Yo la miraba y la admiraba, pero temía hablarle, su mirada me intimidaba, su voz de mando me hacía temblar. Era tan obvia mi atracción por ella que pronto lo notó.

Un día, meses después de haber empezado a entrenar, caí con una fuerte gripe y no asistí a la clase extraprogramática. Esa tarde me llamó, ¡se consiguió mi número y me llamó! Cuando reconocí su voz me dio un vuelco el corazón y se me apretó el estómago. Me dijo que apenas me mejorara entrenáramos juntas después del liceo para ponerme al día. Fue así como la empecé a ver más seguido y también a conocer un poco de lo que ella me dejaba ver, solo un poco. La imagen que proyectaba era tan perfecta que no podía evitar amarla e idealizarla. Sabía que estaba mal, que no era debido hacerlo. Camila salía con una compañera suya mucho más lista que yo, alguien a su altura seguramente, no una simple humanista con notas mediocres… yo no era nada para ella, nunca lo sería, sin embargo, cada vez que dejaba de buscarla, de llamarla, de inventar excusas para no entrenar, me buscaba. Me esperaba en la puerta de mi sala de clases, me daba la mano y me llevaba a caminar lejos de la gente para pasar tiempo juntas, para mostrarme un poco de ese mundo suyo tan interesante, tan diferente al mío. Intentaba hacerme parte de sí, pero no me dejaba entrar por completo, me miraba como preguntándome qué sentía por ella para luego enrostrarme lo bien que lo pasaba con su chica… ¿Me sacaba celos? ¿Esperaba que yo reaccionara? Lo único que lograba era que me sintiera aún más insignificante, pero ahí estaba yo, rendida ante sus ojos, ante su sonrisa, ante sus palabras envenenadas.

Un día me escribió un mensaje: “Te quiero, te quiero más de lo que te imaginas…”. Le respondí que la quería también, entonces ella atacó:

“¿Cuándo vas a atreverte a decírmelo?, vamos… dime que me amas…”.

“Te amo…”. Respondí, y apreté el teléfono contra mi pecho con los ojos llorosos, temiendo su respuesta, temiendo que se burlara de mí…

“También te amo…”. Respondió de vuelta.

Así empezamos a salir, pero muy de vez en cuando. Ella tenía una relación seria que no iba a dejar por mí, pero no me importaba, mientras pudiera verla, abrazarla, tomar su mano… mientras supiera que cada noche me escribiría aunque fuera un solo texto… aunque ella no fuera mía.

(…CONTINUARÁ)

 

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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