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Acción y redacción (segunda parte)

Soy Lela

Acción y redacción (segunda parte)

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Guardó silencio unos segundos, cerró los ojos, soltó un hondo suspiro y abrió los ojos otra vez.

―Alejandra era una chica un poco mayor que yo, había repetido algunos cursos y teníamos asignaturas en común. Era alta, atlética, de cabello negro y corto, y ojos de color azul intenso.

―Pareciera que la admiras.

Me fulminó con la mirada, así que mejor me quedé callada y la dejé continuar.

―La cosa es que, el año pasado, en una fiesta de la carrera, tomé más de la cuenta. Estábamos todos bailando y ella de pronto se acercó a mi grupo, a mí, específicamente. Bailamos un buen rato, me preguntó si alguna vez había sentido curiosidad por estar con otra mujer y le dije que sí… era verdad, pero no debí decírselo. En un descuido aprovechó de llevarme al baño, admito que no puse mucha resistencia, la curiosidad y el alcohol hicieron lo suyo y terminamos teniendo sexo en uno de los cubículos, aunque casi fue una violación. Alejandra fue bastante agresiva, me dejó algunas marcas y moretones…, y al día siguiente noté que mi ropa interior tenía manchas de sangre.

Pensé que esa sería mi primera y última vez con una mujer, sin embargo, Alejandra me buscó de nuevo. Salimos, se disculpó por cómo se había comportado culpando al alcohol y la hierba… Y me propuso hacerlo de nuevo.

―¿Y aceptaste?

―Sí… el punto es que, cuando volvimos a hacerlo ella se comportó diferente, fue muy dulce; me trató como nunca un hombre lo había hecho y tuve los mejores orgasmos de mi vida. Comenzamos a vernos más seguido y pronto ya estábamos saliendo formalmente. Casi toda la universidad lo sabía, así que no me preocupé por ocultarlo, estaba enamorada y feliz.

―¿Por qué tanta ira entonces?

―Porque dos meses después, cuando Alejandra me había prometido el mundo, me había pedido que hiciéramos más formal lo nuestro y que prácticamente la llevara a conocer a mi familia; sucedió algo. Una noche salí con mis compañeras a una fiesta ofrecida por otra facultad, esa tarde le había dicho a Alejandra que saldría con mis amigas, pero como no la vi entusiasmada en acompañarme no le dije dónde iríamos; debe haber asumido que íbamos a ir a un bar. En fin, llevaba poco más de una hora en la fiesta, cuando una de mis amigas me tocó el hombro y me señaló hacia un grupo de gente, miré y vi a mi polola conversando muy animada, fumando y bebiendo con unos chicos. Me llamó la atención que no me hubiera invitado a ir con ella, así que me limité a observarla. Luego de un rato, se puso a bailar con una muchacha, una mechona, seguramente.

―¿Celosa?

―¿Me va a dejar terminar o no?

―Ok…

―Desde el escenario, los animadores pidieron voluntarios para que subieran a bailar; el premio era una botella de ron. Para mi sorpresa, la que se suponía que era mi novia subió, bailó descarada y provocativamente con otra de las chicas que había subido y, ante los aplausos y gritos de todos, que obviamente exigían ver más, le quitó poco a poco la polera, bailando y coqueteándole. Todos enloquecieron, los aplausos aumentaron y se les sumaron algunos gritos y silbidos.

Pensé que todo quedaría hasta ahí, les entregarían la botella y se bajarían, pero el público quería más: “El beso, el beso”, repetían con insistencia. Alejandra, haciendo alarde de su magnetismo se acercó al cuello de su bailarina, la tomó del pelo y la besó en la boca.

Muerta de celos y herida en mi orgullo subí al escenario, le grité a Alejandra que era una estúpida y me bajé. La muy descarada corrió detrás de mí, cuando me alcanzó me volteó hacia ella: error. Estaba tan furiosa que le estampé una estridente bofetada. Con la mano adolorida y ante la mirada de todos, salí corriendo de allí. Alejandra me había humillado y de paso me rompió el corazón.

―¿Y qué pasó?

―Después de ese episodio apareció en mi casa para disculparse, pero no quise verla. Fue varias veces, pero nunca abrí la puerta. Y adivina… Al mes me dijeron que estaba saliendo con la chica con la que había bailado la noche de mi humillación pública.

Por eso odio a las mujeres como usted.

―¿Por qué asumes que soy igual?

―¡Solo mírese! Su actitud enérgica, el cabello corto, mirada penetrante, ese estilo masculino entre rudo y sutilmente sexy…

―¿Te parezco sexy? ―la miré y desvió la vista de mis ojos.

―Dije su estilo, no usted.

Puse mi mano sobre su rodilla, Cristina se estremeció.

―Alejandra era un chiste, tipas como ella nos dejan mal a la mayoría. En realidad, nunca has estado con una mujer.

―¿Cómo que no?

―No con una como yo.

Mi mano subió hasta su rostro, la sostuve de la barbilla y me acerqué a su boca, exhalé sobre sus labios y ella cerró los ojos.

―Muéstrame entonces cómo es estar con una mujer de verdad, una como tú… ―me dijo.

―No aquí.

Eché a andar el auto y salimos del estacionamiento rumbo a mi departamento. Llegamos en diez minutos, creo que nunca se me había hecho el trayecto a casa tan eterno.

Cuando estuvimos dentro, cerré la puerta y puse a Cristina de espaldas contra ella, me arrimé a sus caderas, pegué mi cuerpo al suyo y comencé a besarle el cuello. Mis manos se aventuraron a bajar por sus muslos y acariciar sus piernas bajo el vestido. Ella pasó sus brazos alrededor de mi cuello y se sostuvo de mí mientras le propinaba esas caricias y algunas nuevas Cuando la respiración de ambas se agitó, giré su cuerpo hacia mí y respiré sobre su boca, estuvimos así unos segundos, respirando el mismo aire, hasta que ella me tomó de la corbata y me besó por fin.

Luego de aquel beso vinieron más y más caricias, ahora de ambas partes. Reconozco haber estado algo nerviosa, llevaba mucho tiempo sin estar con alguien, pero la deseaba tanto que no dejé que me importara.

―Llévame a tu cama…

Obedecí, sin más. La tomé de la mano y cuando estuvimos en mi habitación, volví a besarla mientras la encaminaba hacia mi cama. La dejé allí sentada.

Ya vuelvo, cariño, desvístete.

Fui al baño, me lavé las manos y refresqué mi rostro, luego abrí un cajón del pequeño mueble en el que guardaba a un amigo mío que había comprado en un sex shop tiempo atrás y que nunca había usado. Me desvestí, dejándome solo la camisa, y me puse el arnés.

Al abrir la puerta del baño, vi a Cristina aún con ropa.

―Te tardaste, ¿sabes? Quizá no esté bien lo que estamos a punto de hacer, es mejor que yo…

Antes de que terminara, caminé hacia ella, la callé con un beso, bajé el cierre de su vestido y comencé a descorrerlo de los hombros. Su piel blanca era perfecta, bajé la prenda hasta quitársela.

―¿Qué ibas a decir?

Sonrió, se desabrochó el sostén y lo hizo a un lado. Me cerní sobre ella, me quité la camisa y mi pecho presionó el suyo, sentí sus pezones duros, oí caer sus zapatos y luego sentí sus piernas rozando las mías en una sutil, pero intensa caricia. Bajé por su pecho, lamí y mordí cada lunar que encontré y me detuve en su abdomen, acaricié sus caderas y me dispuse a quitar la última prenda, esta estaba empapada. Con una sonrisa de triunfo la dejé sobre el cobertor y besé su entrepierna, Cristina empezó a jadear, mi lengua traviesa quitó el exceso de humedad antes de jugar con su sexo palpitante, cuando llegué a él, mi pequeña practicante gritó.

Sus gemidos me hacían doler ahí abajo, necesitaba hacerla mía. Luego de algunos minutos de sexo oral, puse a Cristina de espaldas hacia mí, rodillas y codos en la cama y la tomé del pelo mientras mi otra mano sostenía el juguete y lo llevaba a su entrada.

―Marla, va a dolerme…

―¿Con lo mojada que estás?

―Hace mucho tiempo que no estoy con alguien…

―Te portaste mal, muy mal conmigo. Tengo que castigarte un poco.

Introduje la punta, la chica respiró hondo, era señal de que lo toleraba, así que seguí empujando, lento y despacio, hasta que estuve dentro. Cristina ahogó un grito contra la cama, pero la levanté del cabello, aún la tenía asida.

―Marla, no quiero hacer escándalo, por favor, suéltame…

―¿Me detengo?

―No…

―Entonces déjame oírte.

Con un vaivén, saqué y volví a introducir mi juguete en ella y seguí embistiéndola, la penetré en esa posición por varios minutos. El roce con mi sexo era tan intenso que sentí que iba a acabar, pero me contuve. Primero tenía que enseñarle a Cristina quién mandaba.

―No pares, estoy muy cerca…

Me detuve, la volteé para que quedáramos de frente y volví a penetrarla.

―Quiero verte cuando te corras ―le dije y la besé al tiempo que retomaba el ritmo.

Pasados algunos minutos, se aferró fuerte de mi cuello y comprendí que estaba cerca, aceleré mis movimientos, Cristina clavó sus uñas en mi espalda y se estremeció por completo. Tuvo un orgasmo muy, muy largo. Lo supe por cómo gritó.

Agitada, me recosté a su lado y la besé de nuevo.

―Mojé tu cama ―me dijo con la respiración entrecortada.

―Tranquila, cariño, nada que no se pueda quitar.

―Quiero ensuciarla de nuevo.

En un segundo, estaba sobre mí, ella misma introdujo el juguete y comenzó a moverse. Sus pechos saltaban con cada movimiento y el roce de su sexo en la base de mi arnés me hicieron llegar pronto al clímax, esta vez solo me dejé llevar. Cuando acabé, Cristina tuvo un segundo orgasmo… y sí… la cama pagó las consecuencias, esta vez por ambas. Agotada, la joven se dejó caer sobre mi pecho, acaricié su cabello y dormitamos un rato.

Cuando despertamos, estaba oscureciendo.

―¿Quieres quedarte esta noche, cariño? Podemos pedir algo para comer.

―¿Qué? ¿Apenas tenemos un encuentro sexual y ya me invitas a quedarme en tu casa?

―Te estoy invitando a quedarte, no a que te cases conmigo.

―Ya te dije que no me gustan las mujeres como tú.

―No se notó hace un rato…

Ambas reímos. Cristina me besó y se acurrucó a mi lado.

―Ok, jefa, me quedo. Pero nadie debe saber que estuvimos juntas, ¿de acuerdo?

―Trato. ¿Pizza o sushi?

―Comida china ―rio.

―Estamos en una tregua, pero recuerda que has sido muy mala, quizá te llame seguido a mi oficina de ahora en adelante para darte trabajo extra.

―Creo que me agradas, solo por eso tomaré el trabajo extra…

―¿Así que ahora te agrado? Pensé que odiabas a las marimachos como yo.

―Demuéstrame que eres distinta, quizá cambie de opinión.

―Sé que lo harás.

Nos besamos y seguimos haciéndolo, esta vez, sin mi arnés.

Y al parecer, conseguí que cambiara su pensamiento respecto a mí, pues a ese encuentro le siguieron muchos más.

 A la fecha, va casi un año desde entonces, pero Cristina aún no quiere que formalicemos algo. De todos modos, me gusta la clandestinidad que tenemos, como también me gusta castigarla y encerrarla en mi oficina cada vez que llega frío el café por las mañanas.

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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