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Burdas.cl

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Soy Lela

Abrazame

Abrazame

―Supongo que no volveremos a vernos.

Ella solo arqueó las cejas y sonrió tristemente.

―¿Me das un abrazo, al menos?

―Acércate…

Me acerqué a ella y me abrazó con fuerza.

Con Rocío nos habíamos conocido algunos años atrás, cuando recién me iniciaba en el ámbito profesional. Yo era asistente social y ella había sido una de las primeras personas cuyo caso había tenido que cubrir, su familia no tenía una posición prestigiosa y Rocío estaba postulando por un crédito universitario. Insistí tanto que logré que se lo dieran, desde entonces nos habíamos hecho amigas. No de esas amigas que se visitan siempre o van por cervezas cada fin de semana, solo éramos dos personas que, de vez en cuando, se llamaban para saber cómo le iba a la otra. En el fondo, creo que yo sentía cierta responsabilidad por ella y su desempeño académico y por su lado, ella sentía gratitud hacia mí. En fin, nos veíamos cada cierto tiempo, tomábamos un café, hablábamos de su carrera, de libros, de nuestros planes a futuros… nada muy específico, sin embargo, algo me ataba a ella, como cuando se planta una semilla y se espera ver los resultados. Creo que nunca podré describir del todo lo que me hacía sentir su compañía… quizá algo similar a beber un chocolate caliente mientras se observa la lluvia a través de la ventana.

Yo siempre fui una persona solitaria, de pocas amistades y desinteresada por las actividades que llamaban la atención de mis colegas: juntas en casa de alguna de ellas para fumar hierba y beber hasta el amanecer, salidas a pubs o discotheques en busca de alguna aventura… reuniones de ex alumnos de la carrera que terminaban en fiestas interminables y algo descontroladas. Pero ¿qué se podía esperar de personas que gozaban de sus primeros sueldos, que tenían la energía de la juventud a flor de piel, con apenas veintitrés años o un poco más? Era claro, la extraña y aburrida en ese círculo era yo. Quizá por eso después de un tiempo mis colegas desistieron de invitarme a sus reuniones.

Por aquel entonces conocí a un joven de mi edad. Era muy interesante y rápidamente empecé a sentir atracción por él. Era magíster en filosofía, una de las ramas humanistas que más me gustaban y por ende tuvimos afinidad muy pronto. Después de unos meses de relación nos fuimos a vivir juntos. Éramos felices, o al menos, yo lo era. Durante ese tiempo solo me comuniqué con Rocío por correo electrónico, no tenía mucho tiempo libre y si lo tenía lo usaba para estar con Antonio. Sin darme cuenta, mi vida se había reducido a mi trabajo y a él. Recuerdo una ocasión en la que salí de compras con una amiga y llegué después de lo que había dicho que lo haría, Antonio se enojó tanto que me gritó y salió de la casa, volvió al otro día e hizo como si nada. Después de eso, cada vez que yo hacía algo que le molestara, por más insignificante que fuera, terminaba gritándome.

Una tarde, llegué de una jornada agotadora en terreno. Había llovido y solo quería comer algo y cambiarme de ropa. Al verme, Antonio empezó a interrogarme sobre lo que había estado haciendo, se enfureció porque no le había contestado el teléfono. Caminó hacia mí y me propinó una sonora bofetada que me hizo sangrar la nariz. Sin decir nada, salió de la casa. Sabía que no volvería hasta el otro día. Lloré amargamente, estaba tan sola, tan asustada… mi familia nunca había sido un apoyo para mí y volver a vivir sola significaba gastar una suma de dinero que no tenía. Eran las siete de la tarde, pero ya estaba muy oscuro, el invierno implacable había caído sobre la ciudad capitalina. Mi celular se había apagado, lo conecté a la corriente y me fui a duchar. Cuando volví, lo encendí y vi que tenía varios mensajes, entre ellos, había uno de Rocío. Lo abrí, me preguntaba cómo estaba y si me podía llamar o reunirse conmigo. Sentí un nudo en la garganta, la implacable soledad me dolía, pero temía salir… La llamé y le dije que no me sentía muy bien, que era tarde y hacía mucho frío. Ella me dijo que estaba sola y que me prepararía algo rico para comer si iba a visitarla. No me lo pensé mucho, me abrigué bien y partí.

Cuando llegué a su casa me recibió con un abrazo, le respondí el gesto. Me sirvió un café cargado y una tarta de chocolate que había preparado. Conversamos un rato y me dijo que hacía meses había estado soñando conmigo, que estaba preocupada por mí. Nunca habíamos estado tanto tiempo sin saber la una de la otra, era cierto. No obstante, a pesar de no ser amigas íntimas, me sentía tan cómoda con ella, tan segura… fuimos al sillón y me contó sobre sus estudios, yo la escuché con paciencia y cuando me preguntó cómo estaba yo, no pude contenerme, se me cortó la voz y comencé a llorar. Ella se acercó a mí y me acomodó el cabello detrás de la oreja, notó que mi rostro estaba un poco hinchado, por eso traía el pelo suelto. Me preguntó con fiereza quién había hecho algo así, le conté sobre Antonio, sobre nuestra última discusión y me abrazó tiernamente.

―Tendrás que confiar en mí, vamos a meter a ese psicópata en la cárcel o, al menos, lo haremos pagar.

―Ro… no es necesario, yo… quizá exageré y no es para tanto.

―Constanza, ya basta. Mírame… yo estoy aquí, siempre lo he estado. ¿No confías en mí? Yo te debo tanto… siento que tengo que hacer algo para ayudarte.

―¿Es tu sentido del deber lo que te lleva a actuar así?

Tomó mi rostro entre sus manos y clavó sus ojos verdes en los míos.

―Tú me importas.

―Eres muy buena, espero que encuentres un hombre bueno, que te quiera y respete, no como Antonio.

―No me interesan los hombres.

Rocío acercó mi rostro al suyo y me besó en los labios, mientras una de sus manos se deslizó por mi mejilla hasta mi cuello y la otra se posó en mi cintura.

―Rocío, espera, yo… ―dije separándome de ella unos centímetros, pero me calló con un beso.

Sentí que todo daba vueltas a mi alrededor, quizá no era simple sentido de gratitud de su parte ni deber profesional por parte mía; quizá de verdad había algo que nos conectaba, algo que yo no lograba comprender del todo, pero no importaba. Sentí que mi corazón se aceleraba y la sangre se me subía a la cabeza. Mi respiración unida a la suya comenzaba a acelerarse y quise que siguiera, que ese beso no terminara jamás, pero ella me apartó

―Constanza… perdóname. Es solo que hace mucho tiempo quería hacer esto…

―No quiero que te detengas.

Me quité el sweater color guinda que llevaba y ella se acercó para besarme de nuevo, me acarició los hombros, el cuello, besó mi pecho y mi abdomen. Se apartó de mí solo para quitarse el polerón y la camiseta negra sin mangas que traía. Me siguió besando, podía sentir la calidez de su piel sobre la mía, la deseaba, ella lo sabía. Me tomó en sus brazos y me llevó a su dormitorio, me dejó acostada sobre la cama.

―Espérame.

Me quité el resto de la ropa, dejé las botas y los jeans oscuros en el piso y me metí bajo las sábanas. Ella regresó completamente desnuda, se metió bajo las cobijas conmigo y me abrazó y besó largamente por unos minutos, comencé a gemir, de pronto la vi sobre mí, besó mi cuello, mi pecho, sus manos acariciaban mis caderas y una de sus piernas se apoyó en el colchón justo entre las mías.

Todo era tan nuevo, tan intenso… solo me dejé llevar y la dejé hacerme suya para después repetir sus pasos y llenarla de placer. Cuando las dos estuvimos satisfechas, saciadas la una de la otra, me recosté sobre su pecho y nos dormimos sin darnos cuenta.

Después de ese encuentro, siguieron varios. Me fui a arrendar con una colega y dejé a Antonio. Todo iba bien entre nosotras, hasta que por razones de trabajo, me tuve que ir a otra ciudad. Por más que lo intentamos, el tiempo y las responsabilidades terminaron alejándonos. Dejé de ver a Rocío por un año entero, quizá un poco más. A veces nos telefoneábamos, pero de nuevo habíamos vuelto a lo de antes, una amistad.

Tiempo después, cuando volví a Santiago ella quiso que nos juntáramos, estaba saliendo con alguien. Me había dolido la noticia, pero tenía que entenderla. Yo no había estado para ella, a pesar de que en aquella ocasión me había rogado que me quedara, y ahora estaba pagando las consecuencias. Esa sería la última vez que nos veríamos

―Entonces… ¿me das un abrazo? ―pregunté.

Se acercó a mí, me besó largamente en los labios, una lágrima se me escapó y ella me estrechó entre sus brazos.

―Voy a casarme en dos meses… nunca dejé de sentir cosas por ti, por eso prefiero que no volvamos a vernos más, ¿puedes hacerme ese último favor? ―susurró en mi oído.

―Claro ―dije sin soltarla―. Nunca te olvidaré. Espero que seas muy feliz con…

―Con ella…

Me besó la frente, sonrió tristemente y se marchó. Me quedé con ese último beso entre los labios, con la satisfacción de haberla ayudado en el pasado y la tranquilidad de verla feliz. Quizá algún día, yo también lo sería.

 

"Amante de las letras, los misterios de la noche y los gatos. Romántica por esencia, pasional por instinto. Enamorada de su primer amor..."

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